Ainu. Caminos a la memoria

Website del documental "Ainu. Caminos a la memoria"

Ainumoshir, la tierra de los ainu

Volcán Tocachidake, en Hokkaido

Volcán Tocachidake, en Hokkaido.

Volcanes, montañas, cascadas, bosques, lagos… Así es hoy Hokkaido, la tierra de los ainu, una isla que hace las delicias de aquellos que tienen la suerte de visitarla, lugar remoto cuyos inviernos son extremadamente duros, cubiertos por espesas capas de nieve, y cuyos veranos son inmensamente verdes. Paraíso natural donde se percibe como en pocos sitios la actividad volcánica del archipiélago japonés; su tierra emana azufre, sus aguas hierven.

Un paisaje en el que aún hoy el visitante tiene que andarse con cuidado ante el posible encuentro con osos y zorros en estado salvaje, y donde grupos de delfines se pasean junto a la costa durante el atardecer.

Para el pueblo ainu el mundo era como un gran océano redondo salpicado de multitud de islas, cada una de ellas gobernada por sus propios dioses. De hecho, los ainu no tenían vocabulario para expresar nuestra idea de mundo o universo; islotes en ríos y lagos, islas en el mar o inmensos continentes son denominados como moshir, literalmente “tierra flotante”.

Su concepción del mundo se parecía bastante a la que tenemos actualmente, tomada como “un todo redondo”, en sus propias palabras y tal como recogía un misionero inglés en 1889, “para los ainu el moshir era redondo ya que el sol salía por el este, se ponía por el oeste y a la mañana siguiente volvía a aparecer por el este de nuevo.”

Anochecer en un bosque de Hokkaido

Anochecer en un bosque de Hokkaido

En la visión cosmológica de los ainu, el sol y la luna eran marido y mujer. Ambas deidades tenían como cometido gobernar el cielo y la tierra. El marido solar realizaba el trabajo durante el día y la esposa lunar hacía lo propio durante la noche. El sol divino vestía con mejores ropas, elaboradas con bordados brillantes, éste era el motivo de su esplendor. La luna llevaba vestidos negros y blancos superpuestos, por eso en la creencia ainu había que mirar hacía ella con cuidado. En determinados momentos del día, sol y luna cruzaban el cielo en compañía, aquello ocurría porque la esposa había ido a visitar a su marido.

La Vía Láctea era conocida como el “río tortuoso” o el “río de los dioses”, ya que los ainu pensaban que los dioses pasaban mucho de su tiempo allí pescando.

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